La dama de Villaluz.
(versión de Sebastián Medina)
Erase una vez, una chica que me encantaba. Vivía en un pueblo y salía a frecuentar bares; su padre la llevaba en auto. No era bien aceptado por la gente que una señorita como ella se le viera en aquellos sitios y más aún a tardes horas de la noche.
Yo la conocía. Me encantaba. Salía yo en las noches a dar paseos en bicicleta. Cuando podía, la seguía. Esperaba pacientemente al tanto de cada uno de sus movimientos. La mujer surgía de los bares y se postraba en las calles, a la espera de su alcahueta padre. Era rutinario. Luego de ciertos meses, la cosa cambió.
Ya no la ví subiendo una noche al carro de su taita; sino a uno lujoso con apariencia de pertenecer a un tórrido galán. Me disgusté.
Observaba la escena y tenía celos, unos por ver a otro hombre invitándola y seduciéndola a montar su vehículo. El automóvil inició marcha al mismo tiempo en que comencé a seguirlo en mi rápido velocípedo. Pedaleaba con la furia de mis sentimientos. En un segundo, la máquina frenó de manera repentina. Prosiguió marcha y avanzó. Volvió a detenerse 2 kilómetros posteriores y esta vez se quedo estacionario. Algo no andaba bien. Me oculté tras ver lo que sucedía. Ví salir a la consorte. Ya no lucía como una mujer de piel cálida, más bien parecía que llevaba puesto un vestido fúnebre. Me asusté y guardé silencio. Estaba yo escondido en la oscuridad. Allí comencé a presenciar aquel cuadro que se desarrollaba frente a mis ojos. Salió la mujer del automóvil y en sus ojos unas lágrimas que al bajar por su mentón se perdían en el vacío. Detrás de ella, la punta de un cuchillo abollada en la espalda. Era tan grande como la punta de una pica; en el mango la mano del hombre, aquél que me atormentaba con su presencia.
Por consiguiente, el horror había comenzado. El arma manejada por el airoso traspasaba y le cortaba la carne como si tajara un pastel. Sujetaba él a la chica por y con sus brazos. Le desfiguró el rostro.
Impactante y aterrorizado me encontraba. Quería hacer algo. Estaba paralizado por la peripecia. No creían mis ojos lo que observaban.
El ultrajador finalizó su crimen. El asesino se dio vuelta y caminó cerca de mi, como inspeccionando el lugar y/o angustiado por si alguien pudo verlo. Satisfecho, no notó mi presencia. Finalmente se fue con su vagón.
Corrí desesperadamente hasta el cuerpo de mi amada. Me postré allí y lloré amargamente. Me dirigí a la estación de policía a informar lo sucedido y de forma casi inmediata procedieron a buscar al malhechor. No tuvieron éxito.
Injustamente me encontré tras las rejas. La razón: Principal sospechoso de homicidio. Escuchaba rumores acerca de que una extraña y joven fémina se le veía rondando en las afueras de las cantinas de la Piedecuesta. Pensé: -Es ella-. No logró la policía comprobar mi culpabilidad y me liberaron. Al salir, mis sentimientos de desamor y de ira se convirtieron en una fuerza implacable que me impulsaban con locura a realizar justicia. Busqué incesantemente al homicida. Descifré quién era y la justicia obró por gracia de mi cuerpo. Cuando lo hice, disfruté con un placer embriagador que su respiración se detuviera. Logré ocultar mi crimen a la luz de las personas.
Hasta el día de hoy mi corazón descansa en la cálida satisfacción de mi obra, en que mi amada me visita y descansa en las noches en mis caniculares brazos. Estoy muy feliz. La amo. Todo esto aún sabiendo, con intriga y miedo, de que tal vez algún día, uno cualquiera la justicia me encontrará.


No hay comentarios:
Publicar un comentario